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La Matriz Divina (Servidores de la Luz)

“Somos tanto el espejo como el rostro que vemos en él.” (Rumi, poeta del siglo XIII)

Aunque hablamos con la Matriz Divina a través del lenguaje del sentimiento y las creencias, textos anteriores publicados describen también cómo la Matriz nos responde a través de los eventos en nuestras vidas. En este diálogo, nuestras creencias más profundas se convierten en el patrón para todo lo que experimentamos. Desde la paz en nuestro mundo hasta la sanación de nuestros cuerpos, desde todas nuestras relaciones y romances hasta la carrera que seguimos, nuestra conversación con el mundo es constante e infinita. Puesto que no se detiene, es imposible que seamos observadores pasivos al margen de la vida…; si somos conscientes, por definición, estamos creando.

Algunas veces, el diálogo es sutil y a veces no. No obstante, independientemente del grado de sutileza, la vida en un universo reflejado nos promete que desde nuestros desafíos hasta nuestras alegrías, el mundo no es nada más (ni nada menos) que la Matriz reflejando nuestras creencias más profundas y verdaderas. Y esto incluye nuestras relaciones íntimas.

A pesar de que presentan reflejos honestos, algunas veces los espejos en los que nos vemos en otras personas, pueden ser los más difíciles de aceptar. También pueden convertirse en la vía más rápida hacia nuestra sanación.

NUESTRA REALIDAD REFLEJADA

En 1998, tuve una experiencia en el Tibet que ofrece una poderosa metáfora de cómo funciona la “conversación” cuántica. Camino a Lasa, la capital, nuestro grupo iba conduciendo por una curva en el camino que llevaba a un pequeño lago al pie de un acantilado. El aire estaba absolutamente quieto, lo cual permitía que el agua reflejara de forma perfecta toda el área.

Desde el lugar estratégico en el que nos encontrábamos, podía ver una imagen masiva de un Buda hermosamente esculpido reflejado en el agua. Aparentemente, estaba en algúnpunto en el acantilado que dominaba al lago desde las alturas, aunque en ese momento no podía ver la escultura misma, lo único que podía ver era su reflejo. Fue solamente cuando dimos la vuelta y el camino se niveló, que vi con mis propios ojos lo que me imaginaba que había sido la fuente del reflejo. Y ahí estaba el Buda, esculpido en alto relieve, elevándose por encima del lago, liberado desde las rocas vivientes como un testigo silencioso ante todo aquel que pasara por ahí.

En ese momento, la imagen en el lago se convirtió en una metáfora para el mundo visible.

Mientras terminábamos de dar la curva y veíamos al Buda en el agua, el reflejo era la única manera de saber que la estatua existía. Aunque sospechaba que debía estar reflejando algo físico, desde mi perspectiva no podía ver el objeto. De una manera similar, presuntamente el mundo cotidiano es el reflejo de una realidad más profunda esculpida en el material del universo, una realidad que sencillamente no podemos ver desde el lugar en donde estamos.

Tanto la ciencia tradicional antigua como la moderna sugieren que lo que vemos, como las relaciones visibles de la “vida,” no son ni más ni menos que el reflejo de las cosas que ocurren en otro dominio, un lugar que no podemos percibir desde nuestro lugar estratégico en el universo. Y con la misma seguridad con la que yo sabía que la imagen en el agua reflejaba algo que era real y sólido, así también podemos estar seguros que nuestras vidas nos están informando sobre eventos que ocurren en otro dominio de la existencia. No porque no podamos observar esos eventos quiere decir que no son reales. Como lo sugieren las tradiciones antiguas, de hecho, ¡el mundo invisible es más real que el visible!

Como dice Bohm en la Introducción, sencillamente, no podemos atisbar esa “realidad más profunda” desde donde estamos en el espacio y el tiempo.

Aunque no podemos ver directamente ese dominio invisible, podemos tener una indicación de lo que está ocurriendo porque vemos su reflejo en nuestras vidas cotidianas. Desde esta perspectiva, nuestras experiencias diarias nos sirven como mensajes desde esas realidades más profundas, una comunicación desde el interior de la propia Matriz Divina. Así como también debemos comprender las palabras de cualquier lenguaje para entender su contenido, debemos reconocer el lenguaje de la Matriz Divina para beneficiarnos de lo que nos está diciendo.

Algunas veces los mensajes que llegan son directos y no hay forma de equivocarnos, pero otras veces, son tan sutiles que los omitimos totalmente. A menudo, sin embargo, podemos pensar que significan una cosa cuando, de hecho, nos están diciendo algo muy distinto.

Extracto de La Matriz Divina.
Gregg Braden


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